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8 de mayo de 2009

DÍA 7 (15.08.2009) GALENA-GREAT RIVER ROAD-SPRINGFIELD-ARTHUR (AMISH COUNTRY)

En el hotel el desayuno va incluido, lo cuál es muy poco frecuente en los Estados Unidos, por lo que almorzamos antes de salir. Nos ponemos en marcha directos al pueblo de Galena, al que llegamos en dos minutos. Cómo casi todos los pueblos de Estados Unidos tiene el enorme depósito de agua con el nombre del pueblo escrito en lo alto. La verdad es que es muy práctico para identificar rápidamente cualquier población y también es una manera de embellecerlos. Aparcamos sin ningún problema y damos una vuelta. El pueblo (que es una segunda residencia para algunos ricos habitantes de Chicago, ya que se encuentra a 260 km) es una joya de la arquitectura de finales del siglo XIX (gracias al próspero negocio de la minería del plomo) enclavado en el margen de una colina a lo largo del río Galena, en una zona un tanto boscosa. El pueblo es una auténtica maravilla, y a esta hora en la calle principal no hay ningún turista. Es otro oasis en un paraje perfecto. Un sitio de obligada visita. La parte más interesante es la de la calle Main Street y sus calles paralelas, una al lado del río y la otra en la colina, con un pronunciado desnivel. Hay numerosos restaurantes y tiendas de antigüedades. También es destacable la cantidad de pequeñas iglesias que hay por el pueblo y las numerosas mansiones de estilo victoriano, algunas realmente extraordinarias. Cuando el pueblo se empieza a llenar de gente, nos volvemos al coche y nos marchamos. Aquí en Illinois ya es bastante frecuente la presencia de personas de color, absolutamente inexistentes (nosotros no los hemos visto) en los estados de Dakota (Norte y Sur), Nebraska y Iowa, cosa que más o menos nos sorprende tratándose de Estados Unidos.

Después de Galena, hemos decidido ir bajando por la carretera paralela al río Mississippi, la conocida como Great River Road (que tiene una logitud de 3,765 km), que en nuestro caso transcurre por dos estados (Illinois y Iowa), cada uno con una ribera del río y que baja siguiendo el curso del río aunque de vez en cuando la carretera se separa y atraviesa frondosas zonas de árboles. El río Mississippi forma parte de la de la cultura estadounidense y de su economía, ya que el río ‘afecta’ por medio de él y de sus afluentes a 31 estados y es el gran río de Norteamérica. Bajamos por la 84 hasta Savanna, y cuando encontramos un puente lo cruzamos y cambiamos de estado. Pasamos poblaciones como Clinton, Fulton, Albany, Port Byron, hasta las Quad Cities, 4 ciudades juntas unidas entre si. La anchura del río es variable (muy grande en comparación con nuestros ríos), llegando a veces a tener 700 metros de ancho (el cuentakilómetros nos permite tomar medidas aproximadas) y destaca su poca pendiente y su enorme caudal. Durante el trayecto hemos visto un par de barcos muy grandes. En las dos riberas hay una vía del tren que discurre paralela al río y que sirve de vía de comunicación transversal del país. Se ven numerosas embarcaciones de recreo (el río en esta parte es una balsa de aceite) y habría que saber si se ve ambiente porque es verano (es lo que creo) o es gente que vive todo el año. La verdad es que de vez en cuando se ven zonas muy bien cuidadas con numerosas casas abiertas a la calle o al río, en donde todos parece que se conocen; con las mecedoras en las terrazas,  la barbacoa al lado del parking, y la mayoría con dos coches. Supongo que con lo largo que es el río habrá muchos otros tramos más interesantes y más bellos, pero en nuestro caso hemos vista una parte del río Mississippi sin nada especial, más allá de algunos barrios, de algunos puentes metálicos y de la amplitud del río.

Cogemos la Interestatal 80 en dirección este y luego la 74 en dirección sur, pasando por Galesburg y Peoria y luego por la 155 hasta Springfield (la capital de estado). La interestatal 80 es la segunda autopista más larga de los Estados Unidos, con casi 3.000 millas y cruza de punta a punta el país (cómo curiosidad, la carretera más larga del mundo es la Highway 1 de Australia que da la vuelta a todo el país por la costa; tiene 24.000 kilómetros). El paisaje a ambos lados es muy monótono y plano; podríamos decir que la autopista discurre atravesando zonas agrícolas en medio de una inmensa llanura. Antes de llegar a Springfield tiene lugar una esperpéntica situación en la autopista; cuando nos disponemos a adelantar a dos coches que circulan por el carril de la derecha, la conductora del coche de atrás nos avisa de que el coche de delante es la policía (el típico Ford Victoria Crown blanco). Frenamos un poco y nos mantenemos a su altura. El policía va a la máxima velocidad permitida con lo que si le pasas te puede parar. A partir de aquí van llegando coches y la situación se va repitiendo: por el retrovisor ves un coche que se aproxima rápido y cuando se da cuenta que hay un numeroso grupo de vehículos que circulan juntos y que el primero de todos es un Ford, reduce y se pone a la altura de los demás. Al cabo de varios minutos los conductores nos vamos mirando y riendo. Cuando la interestatal tiene 3 carriles la cosa es aún más surrealista, ya que los coches van intercambiando posiciones entre si, pero nadie se atreve a rebasar a la policía. Mientras aguantamos la situación nos preguntamos si el policía es consciente de la situación. Esta situación dura más de media hora hasta que el coche de la policía sale de la autopista. En cuanto vemos que ya no tiene visual sobre nosotros, todos pisamos a fondo y unos 50 coches empiezan una desbandada general, al estilo ‘Los locos del Cannonball’.

Entramos en Springfield, y todo la ciudad gira en torno al Presidente Abraham Lincoln, ya que aquí vivió la mayor parte de su vida; su tumba y el Abraham Lincoln Presidencial Library & Museum son el mayor reclamo turístico. Por todos lados hay indicaciones y referencias a su persona. Entramos para ver la ciudad, ya que la tumba nos interesa más bien poco y vamos cruzando calles que llevan nombres de Presidentes de los Estados Unidos. Como tampoco tiene nada especial salimos de ella en busca de la carretera que nos llevará a territorio Amish, aunque antes nos encontramos con un enorme caos circulatorio por culpa de una feria de no se qué. Todas las calles están cortadas y nos cuesta un poco encontrar una salida. Cuando ya hace un rato que hemos salido nos damos cuenta que nos hemos equivocado de carretera y que estamos bajando por la carretera 29. Rectificamos y nos vamos a buscar la 48 en dirección norte hacia Decatur. Cogemos carreteras muy locales, en medio de altísimos campos de maíz y con los omnipresentes postes de teléfono a un lado de la carretera. Estas vías tan locales y desiertas de coches  nos permiten correr un poco para recuperar el tiempo perdido. En los campos se ven numerosas granjas, aunque a diferencia de Iowa no están pintadas de rojo, sino mayoritariamente blancas. Cruzamos Decatur, Hammond y llegamos a la zona Amish de Illinois que forman oficialmente las pequeñas poblaciones de Arcola, Arthur, Sullivan y Tuscola, una de las 22 comunidades existentes en Norteamérica.
La primera que veremos será la de Arthur (que hemos leído que es principal población Amish de la zona con unos 2.220 residentes Amish) y cuando estamos a un par de kilómetros de la población, vemos de frente un carruaje típicamente Amish que de pronto gira a la izquierda por un camino de tierra que lleva a una granja que hay a lo lejos. Mi mujer se muestra emocionada ya que siempre había querido verlos y ahora los tiene enfrente. Entramos en Arthur y están por todas partes. Esto se parece al pueblo de la película ‘Único Testigo’ con Harrison Ford, que transcurre en la región Amish de Pennsylvania. Hay numerosos carruajes, calesas y bicicletas circulando y llama la atención la indumentaria: ropas muy sencillas, con los hombres con largas barbas y sombreros claros de paja y las mujeres con vestidos y cofias blancas. Aparcamos y nos ponemos a dar una vuelta. Lo primero que sorprende es el constante ruido de caballos que se escucha, tanto por la calle principal como por la calles paralelas, los carruajes que circulan son de dos tipos: cubiertos y de tipo carroza, aunque todos tienen luces traseras y el triangulo deflector. Pasamos por delante de la oficina de información Amish, pero está  cerrada. Como hemos leído que no les gustan las fotos, evitaremos disparar buscando el retrato cercano. El centro del pueblo es muy pequeño y en seguida lo hemos recorrido.
Los Amish son un grupo religioso cristiano de doctrina anabaptista, que se caracteriza por rechazar las tecnologías modernas, lo que significa que viven en muchos casos como en el siglo XVII y además de trabajar manualmente en el campo, se dedican también a la construcción y al trabajo artesanal (en las zonas donde hay turismo). Creen en el pacifismo y en la vida sencilla y entre ellos hay notables diferencias, ya que lo que puede ser aceptable en una comunidad, puede no serlo en otra. Los Amish no creen que toda la tecnología sea malvada, de hecho, algunas comunidades pueden aceptar tecnología después de debatirse entre los diferentes miembros. De hecho, hemos visto a una familia Amish meterse en una furgoneta y conducirla ellos a la vez que hablaban por un móvil. La verdad es que nos ha sorprendido y le preguntamos a un Amish joven que está de pie en un ‘parking’ de carruajes, que cómo es que hay Amish que conducen coches. Nos cuenta que algunos Amish han abandonado las tradiciones Amish y se han vendido a la modernidad aunque vistan como tales. Él nos dice que personalmente ya no los considera Amish (concretamente los denomina ‘no Amish’), aunque los respeta. Nos dice que entre la misma gente de la comunidad hay diferencias, que pueden ser muy profundas (tales como la aceptación de automóviles o de aparatos eléctricos) o muy simples cómo la forma de los tirantes o cuántos pliegues debe tener un gorro; agradecemos la explicación y nos despedimos (no sin antes interesarse de donde somos y que hacemos en Arthur) y seguimos andando por el pueblo.
Observamos en la calle principal, numerosas tiendas de souvenirs, de muebles y de ropa donde trabajan mujeres Amish. Continuamente van pasando carruajes y numerosas bicicletas, algunas con un carro trasero donde va el niño. El pueblo en si es como cualquier otro, aunque mucho más cuidado, pero con el añadido de esta cultura tan tradicional. Decidimos quedarnos a dormir en el pueblo y encontramos un motel, el Arthur’s Country Inn, que nos parece perfecto. Dejamos el coche y volvemos al centro del pueblo andando por la carretera y por las calles interiores, donde hay las típicas casas unifamiliares con el porche y el jardín. Como en muchos lugares de los Estados Unidos, la calle (de cemento) discurre entre el jardín de la casa y otro espacio de hierba paralela al bordillo. Hay una curiosa imagen que es que a un lado de la carretera hay un equipo local de fútbol americano entrenando y al otro lado hay un parque donde se encuentran mujeres y niños amish; las mujeres hablando entre ellas y los niños jugando. La dualidad chocante de la cultura americana en un palmo de tierra. Entramos en un bar (donde hay una familia Amish que nos saluda) y nos compramos la cena que nos comeremos en el motel, pero en vez de hacerlo en la habitación viendo algo de los Juegos Olímpicos, lo haremos en un banco del mismo motel que hay delante de la carretera por donde van pasando los Amish. Volvemos al motel y nos sentamos. Sólo hay otro vehículo aparcado (matrícula de Ohio) con lo que no hay ningún problema en coger asiento. La carretera es un continuo pasar de carruajes y de bicicletas, todo un espectáculo. Y en primera fila. La mujer del motel nos cuenta que todos los Amish viven en granjas en las afueras y que por eso pasan continuamente. Nos estamos un buen rato y nos vamos a dormir. Mañana más.

DÍA 8 (16.08.2009) AMISH COUNTRY-INDIANAPOLIS-NAPANEE

Desayunamos en el R&I Restaurant, en la calle principal del pueblo. Es el típico diner americano (parecido al de Winterset) y que a las 8 de la mañana está a tope, con una numerosa presencia de gente Amish en las mesas. Todo muy normal. En cuanto entramos hay un ligero murmullo y se nos clavan algunas miradas de sorpresa. No debe ser muy normal encontrar por aquí visitantes no americanos. Nos sentamos en una mesa en la segunda sala, de cara a la entrada. Todos los Amish llevan el sombrero de paja puesto, aunque estén sentados, y todas las mesas mantienen conversaciones entre ellas. La comida va y viene en cantidades industriales, servida con exquisita amabilidad por una señora que debe tener tranquilamente más de 60 años. Desayunamos copiosamente, damos un paseo por las tiendas y compramos algún recuerdo, entre ellos una maqueta de un carruaje Amish con el caballo. Me ha hecho gracia y por sólo 7$ vale la pena. Justo al salir nos topamos con un desfile de tractores clásicos de todos los colores y tamaños de ruedas, incluyendo el clásico tractor verde de la marca John Deere, el más famoso de los tractores americanos. Todos en un perfecto estado de conservación. Nos despedimos de Arthur y nos vamos en busca de otros pueblos Amish.
En las afueras hay numerosas tiendas de muebles y objetos fabricados por los Amish; aproximadamente un kilómetro después de salir del pueblo nos topamos con lo que parece una subasta de caballos; paramos y a un lado debe haber como más de 30 carruajes Amish aparcados en batería. Bajamos del coche y es como una minúscula feria agraria, donde lo que más hay son caballos; de hecho hay como unas gradas y en centro se exhibe el caballo por el que se puja. Echamos un vistazo y nos volvemos al coche. Al no ir de cowboy o de Amish no podemos disimular nuestro aspecto de turistas. Pasamos por Chesterville (una pequeñisima población) y Arcola, que tiene un centro histórico más auténtico, más del tipo medio oeste, pero con menos presencia Amish en las calles y aunque se ve más grande tiene el aspecto de ser más silenciosa, menos habitada. Tiene algunos restaurantes Amish, los llamados Dutch Kitchen (cocina holandesa) donde acude bastante gente a degustar sus platos típicos, y que también hemos visto por las carreteras de los alrededores. Además de las numerosas granjas Amish, que se delatan por los carruajes que hay aparcados, existen los llamados supermercados Amish donde venden entre muchas otras cosas, productos elaborados por Amish: mermeladas, pan, pasteles, etc. y la típica mantequilla de cacahuete. Compramos diversas cosas para regalar una vez volvamos a casa y nos sorprende que la gente que se ocupa de todas las tareas del supermercado sean gente Amish y que para cobrar usen las máquinas electrónicas. Es realmente curioso observar estos pequeños detalles entre tradición y modernidad, forzados por la presencia turística a adaptarse a la vida moderna, aunque sea por unos pocos detalles. No debe ser nada fácil decidir un cambio de este tipo en una comunidad tan tradicional como la Amish. En cualquier carretera o camino hay casi siempre un carruaje o algún otro medio de transporte Amish.
Tanto Chesterville como Arcola tienen su interés aunque creo que la mejor opción si hay que hacer noche entre los tres pueblos Amish que hemos visto es Arthur, donde hemos visto más ambiente (movimiento) y también una presencia más numerosa de esta comunidad. En algunas granjas del exterior se organizan paseos y visitas a la cultura Amish: ir en carruaje, visitar el interior de las dependencias de una casa, los métodos artesanales de trabajo, etc. Antes de coger la carretera con destino a Indianápolis, pasamos por Tuscola, otro núcleo Amish muy parecido a Arcola, que incluso tiene un campo de golf en las afueras. Después de dar una vuelta por el centro de la población, me mantengo en la opinión de que Arthur es la mejor elección para hacer noche en esta región. Es el que más nos ha gustado y es la ideal para servir como base para un par de noches y explorar tranquilamente la zona.
La Highway 36 hasta Indiana es casi, casi una línea recta que permite apretar un poco el coche. Vamos pasando pequeños pueblos y la vegetación es cada vez es más numerosa. Pasamos por Newman, Rockville (ya en Indiana), Morton y Danville. Llegamos a Indianápolis y nos vamos directamente a buscar el famoso circuito oval. Indianápolis se encuentra en el centro geográfico del estado y tiene un modelo urbanístico de cuadrículas que parten del centro, desde el enorme Monument Circle, con lo que la orientación es bastante sencilla. La ciudad fue fundada a principios del siglo XIX como centro agrícola y posteriormente como núcleo automovilístico, ya que numerosas marcas abrieron fábricas y tiendas en la ciudad; la explosión de Detroit como centro de fabricación automovilística acabó con el negocio en Indianápolis, pero su pista de pruebas quedó como su legado más importante: el mítico Indianápolis Motor Speedway, un impresionante oval de 4 kilómetros que se usó para la primera carrera de las 500 millas de Indianápolis en 1911. Es el estadio más grande del mundo, con capacidad para 450.000 espectadores. Estamos bajando por Crawfordsville Rd. y vamos a parar a lo que parece la entrada del circuito, pero está cerrada. Giro a la izquierda por Georgetown Rd. que circula paralela a las gradas de la recta principal, pensando que por allí estará la entrada. El circuito es enorme, la longitud de las gradas empequeñecen cualquier estadio que haya visitado antes; es increíble la longitud que tiene cuando lo recorres paralelamente. La longitud de estas gradas (que no su aspecto) debe de ser como 10 veces la principal del Circuit de Catalunya. El circuito exteriormente se ve un poco anticuado, le falta una reforma en toda regla; se nota que la estructura tiene bastantes años. Al otro lado de la calle hay un barrio residencial de aspecto no muy tranquilo. Llegamos a la W 30th St. y giramos a la derecha en busca de la entrada al interior del circuito. Aquí el aspecto del barrio es aún menos tranquilo, y se ven numerosos vehículos con gente un tanto acojonante. En la zona no se ven muchas tiendas relacionadas con el mundo del motor. Muchos coches llevan la pegatina de los Colts, el equipo de la liga de la
NFL y también una matrícula ‘religiosa’ que pone ‘In God We Trust’ (en Dios creemos). Un coche de policía nos para preguntándonos que estamos buscando; le respondemos y nos indica como llegar a la entrada. El error ha sido que en el primer giro hemos ido a la izquierda en vez de la derecha. Deshacemos el camino anterior y llegamos a la entrada del oval, en la W 16th St. que pasa por debajo de la pequeña recta que hay entre las curvas 1 y 2. entramos en el circuito y de frente vemos el famoso Hall Of Fame, y a la izquierda más adentro del circuito, la famosa torre de control conocida como Pagoda. Desde dentro se nota que el circuito es inmenso, enorme; de hecho dentro cabría (casi dos veces) toda la Ciudad del Vaticano. Aparcamos y observo que hay gene alrededor de un vehículo naranja… me aproximo y es el nuevo ¡Dodge Challenger V8! Es una auténtica maravilla de coche, al nivel del Mustang. Me lo miro de arriba abajo y hago unas cuantas fotos. En cinco minutos la gente se dispersa y aprovecho para preguntarle algunas cosas al conductor. Me dice que en estos momentos hay tres iguales circulando por los Estados Unidos por diversos sitios emblemáticos y captar un poco el interés de la gente. El tío es muy amable y me abre el capó, me deja sentarme dentro y me lo pone en marcha para oír el sonido (o la música) del motor. Los más de 400 caballos de este modelo resuenan majestuosamente. El sonido es muy ronco. Tremendo. Después de disfrutar del nuevo Challenger, entramos en el edificio del circuito.
En la entrada del edificio hay una placa con los nombres de los corredores de las 500 millas, en la placa se encuentra el nombre de Oriol Servià que en el 2008 debutó en la mítica carrera (acabó en una excelente 11ª posición). A cada lado hay una tienda de souvenirs y entramos a echar un vistazo. La verdad es que la ropa que tienen es bastante hortera, muy americana, muy colorista y cantona. Aunque quiera comprarme algo no hay nada que me guste, así que al final me quedo con una caja de 6 pelotas de golf conmemorativas del circuito y de sus carreras. Hay que recordar que dentro del circuito, entre otras muchas cosas, hay un campo de golf, el Brickyard Crossing. Después de pagar, me dirijo al mostrador y les pregunto a las recepcionistas donde hay que ir para el tour del circuito (una vuelta en bus al oval, poder pisar la brickyard, etc.) y me dice que el último tour del día acaba de salir hace un minuto. Le digo que sólo son las 15:00 y que en el prospecto pone que la última visita es a las 16:00. Me enseña el reloj y pone las 16:02; me pregunta que si venimos de Illinois (o del oeste) hay cambio horario y que aquí es una hora más. No me lo puedo creer. He estado dando vueltas, mirando el Challenger y revoloteando por la tienda porque me pensaba que aún tenía una hora y resulta que hemos hecho tarde por 2 minutos. Le ruego que me deje ir, le cuento que soy de Barcelona y que quizás nunca más vuelva a esta ciudad, pongo cara de pena y me hago el desesperado; pero me dice que no se puede hacer nada hasta mañana por la mañana. A pesar de que le cuento que mañana tengo que estar en el estado de Michigan para ver una carrera de la Nascar, no hay manera de que la señora me eche una mano. Estoy en la meca del automovilismo y no voy a poder dar una vuelta en el más famoso de los ovales. ¡Esto es una putada!. Estoy tan decepcionado que no tengo ganas ni de ver el museo. En mi mente sólo se repite una frase: ¡No podré dar la vuelta al oval! Salimos del edificio, vamos al coche y damos una vuelta por los parkings interiores para ver todo lo que podamos del circuito. Decepcionados (yo bastante más que mi mujer, que le sabe mal por mí) abandonamos el circuito. Me hago una foto en la entrada del circuito, le echamos un último vistazo y nos vamos a visitar el downtown. Mientras recoremos la anches calles y avenidas, voy analizando los minutos que he ido ‘perdiendo’ a lo largo día de; pero el ‘y si…’ no sirve ni ayuda en nada, así que pasamos página.
Llegamos a Monument Circle (una especie de torre en forma de obelisco coronada por una figura humana con una espada) y la verdad es que se ve bastante ambiente, a pesar de que normalmente el downtown fuera del horario de oficina no suele tener mucha vida; aquí en cambio se ve gente en los bares, restaurantes y por la calle. Podríamos decir que es una novedad. El monumento en si le da una cierta clase al lugar, por el aspecto neoclásico el mismo. Damos un paseo, comemos alguna cosa y volvemos al coche para ir en busca de la autopista de circunvalación (la north 465) y luego coger la US Highway 31 hacia el norte. Pasamos al lado del Conseco Field House, el enorme pabellón donde juegan los Indiana Pacers de la NBA y enfilamos la 31; vamos pasando poblaciones: Westfield, Kokomo, Rochester y Argos. El paisaje es muy verdoso y arbolado, mientras la carretera es muy recta y bastante plana, con algunos tramos ondulados. Ninguna novedad. Una vez en Argos nos desviamos al este por la carretera local 10 y luego al norte por la 19 hasta la zona Amish. Justo antes de llegar a Napanee nos cruzamos con los primeros carruajes Amish. Media milla antes de llegar al pueblo vemos dos hoteles realmente preciosos: el The Inn at Amish Acres (de color blanco) y el The Napanee Inn (rojo). Son dos enormes granjas reconvertidas en dos encantadores hoteles. Como en poco tiempo se hará de noche y no queremos perder el tiempo dando vueltas, decidimos dormir aquí. Ninguno de los dos tiene habitaciones libres. Entramos en Napanee y se nota que es sábado por la tarde, esta todo prácticamente cerrado y no hay casi nadie en la calle. Aparcamos en el centro y damos una vuelta por las calles de los alrededores. En el parking hay un enorme cartel publicitario de una tienda de muebles Amish que nos da la bienvenida. La mayoría de las casas son de uno o dos pisos con algunos frontales de madera, pero sobre todo mucho ladrillo rojizo. Cada farola tiene una pancarta doble (una con el nombre del pueblo y la otra con una foto antigua) y todas cómo no, la omnipresente bandera americana bien presente. Por si se nos había olvidado. El pueblo y la casas están impecables, no hay ni un papel en el suelo. Todo está reluciente. Siguen pasando carruajes y mujeres Amish en bicicleta, aunque con menos frecuencia que en la zona de Illinois.
En una de las calles anteriores observamos la salida de la gente de una iglesia local. La salida da a uno de esos típicos pákings americanos, con los coches muy esparcidos. La gente que sale de la iglesia tiene una media de unos 70 años, todos/as muy elegantes y uno de ellos se sube a un inmenso Fairlane 500 de los años 50 de color negro. Está impecable. No hay ni una mota de polvo en el coche. Regresamos al coche por otras calles y vemos algunas casas de estilo victoriano, más pequeñas y en mal estado de conservación. Las casas particulares ya no están tan bien cuidadas como el centro. Muchas con la canasta de baloncesto en el parking y los jardines en perfecto estado. Eso no falla. La casa puede estar casi en ruinas, pero la hierba tiene que estar perfecta. Por si se hace una barbacoa…
Nos volvemos al coche para dar una última vuelta por el pueblo y nos para la policía para un control rutinario de alcohol. Doy cero. Nos preguntan de donde somos y me dice que le encanta Pau Gasol. A mi también. Antes de abandonar el pueblo vemos una humareda impresionante. Hay un tío quemando las hierbas del jardín y media calle está escandalizada. Llega la policía y nos vamos. La verdad es que la humareda era tremenda. Cogemos la carretera en busca  de algún sitio para dormir y cenar, pasando otra vez por delante del The Inn at Amish Acres y el The Napanee Inn, siendo una lástima no poder dormir en ninguno de los dos. En las afueras de Napanee, no hay moteles y al final cogemos uno en el pueblo de La habitación nos cuenta 65$. Para comer está todo cerrado. Sólo quedan abiertos los restaurantes de comida rápida. Escogemos el Subway y nos lo llevamos a la habitación. Por cierto, para no dar un rodeo con el coche me he dirigido andando a la ventanilla de los coches (el local está cerrado) y me han dicho que sólo se puede servir si vas en coche. Y eso que no hay nadie. Las tres chicas del local aún se están riendo. Ponemos la tele y van a dar una de las finales del imparable Michael Phelps. Es la final de los 100 mariposa. ¡Vaya final! ¡Que última brazada ha dado este tío! Ha sido increíble. Absolutamente extraordinario. Magnífico. Sensacional. La tenía pérdida y la ha ganado en el último suspiro. Una milésima de segundo de diferencia. Este Phelps acaba de igualar a Spitz como si nada. Tiene 7 medallas de oro. Y le falta el 4×100. Y además tiene las que ganó en Atenas 2004. Que máquina de nadar. Que portento humano. Vaya rodillo. Brutal. Me voy a dormir pensando en que he visto por la tele uno de esos momentos mágicos de la historia del deporte. A descansar que mañana toca la carrera de la Nascar en Michigan. ¡Boogity, Boogity, Boogity, let’s go racing boys!.
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