BLOG XFV
11 de enero de 2016

Antes de nada indicar que, a pesar de estar a 20.000 km de nuestras seguridades, y a pesar de tener que trasladarnos constantemente en pequeños aviones y en lanchas a motor, en todo momento tuvimos la certeza de que los desplazamientos por las diferentes islas estaban perfectamente coordinados: todo aconteció como estaba planificado, y no hubo nada que, ni por un momento, nos hiciera perder la confianza.

Comenzamos en Moorea, para continuar por las salvajes Huahine y Taha´a, finalizando en Bora-Bora.

 

Solicitamos un tipo de estancia personalizado a nuestro agrado… No queríamos solamente ir a la Polinesia Francesa, sino que deseábamos conocerla lo más a fondo que nos fuera posible. No buscábamos apartarnos de la realidad del lugar, aunque tampoco queríamos prescindir de ciertas comodidades propias de este tipo de viajes. Para ello nos inclinamos por establecimientos que mantuviesen las peculiaridades de las islas, regentados por personas que allí residiesen, en los cuales se ofreciese, en lo posible, la cultura que ellos habían recibido, pero exigiendo que se mantuviese un nivel aceptable de salubridad. Sabíamos que surgirían diferencias en relación a nuestro tipo de vida, y que se alteraría nuestro espacio de confort… pero queríamos a conocer algo diferente.
Así se lo planteamos a Xavi, y él nos supo responder.

Fueron dos semanas en las que nos solía despertar el canto de los gallos del lugar, a los que se unían los ruidos vespertinos de infinidad pájaros (algunos se atrevían a comer directamente de nuestras manos); sentíamos el viento que entraba por los aleros de las cabañas autóctonas; dormíamos con mosquitera porque nos acompañaban pequeños animales; tomábamos el sol en playas de arena muy clara, evitando tumbarnos debajo de los cocoteros… mientras los cangrejos merodeaban por los alrededores; y no nos cansábamos de contemplar el maravilloso espectro de colores, en el que resaltaba el azul turquesa del mar. Buscamos y visitamos los lugares arqueológicos que habían sido centros culturales y religiosos antes de la llegada de los europeos; disfrutamos la gastronomía propia de las islas (fundamentada en la fruta y el pescado); conocimos muchas plantas, así como la forma de cultivar y sacar provecho de algunas de ellas; visitamos granjas perlíferas; practicamos esnórquel (buceo de superficie) y descubrimos infinidad de peces en las aguas protegidas por los arrecifes; dimos de comer de nuestra mano a las enormes anguilas de ojos azules (las anguilas de la Reina de Huahine), y hasta buceamos nadamos acompañados de una raya; alquilamos pequeños automóviles con los que recorrimos la totalidad de las carreteras de todas las islas en las que estuvimos, encontrando lugares de gran belleza. Vivimos una aventura diferente…

Pero las aventuras llegan a fatigar, así que la mejor forma de preparar el regreso a casa fue dedicar los últimos días al mero “dolce far niente” en la tranquilidad y el confort de uno de los Resort ubicados en los “Motus” de Bora-Bora.

Ha sido un viaje de los que dejan huella, de los que merece la pena vivir, al menos, una vez en la vida.
Una vez finalizada nuestra «aventura» hemos decidido que debemos dejar constancia que el trabajo realizado por la agencia de Xavi ha influido, de forma significativa, para que el recuerdo de este viaje sea siempre agradable.

Jose y Elvira (Barcelona)

Un comentario para “VIAJE POR POLINESIA: UN VIAJE QUE DEJA HUELLA”

  1. Antonia dice:

    Por lo visto los europeos se fueron para todos lados no? vaya que tienen un gran espiritu aventurero 😀

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